martes, 9 de agosto de 2011

EL OBJETIVO ES GANAR DINERO; NO IMPORTA QUIEN LO PAGUE

EL OBJETIVO ES GANAR DINERO; NO IMPORTA QUIEN LO PAGUE
Zootecnista Adrián Martínez

A través de muchos años de actividad consciente dentro de nuestra profesión, y, a propósito de los enunciados y leyes económicas con los cuales han fijado posición diferentes interlocutores, especialmente en lo relacionado con la agricultura animal, podemos compendiar un sin número de políticas y mecanismos privados y públicos, direccionados a la obtención de beneficios económicos y/o políticos, tomando en cuenta sólo un lado de la relación Compra – Venta.
            En el transcurso de estos años, si vemos la resultante de la baja eficiencia, estamos comprometidos todos en mayor o menor grado, especialmente los que debemos orientar técnicamente y desde el punto de vista económico, a nuestros productores. Como en toda actividad humana, las excepciones se destacan.
            Cuando hablamos del aspecto económico necesariamente debemos considerar si la inversión requerida para aplicar cualquier tecnología es viable, y si agregamos los costos de funcionamiento, cuál sería la proporción con el beneficio. Estas preguntas son obligadas en cualquier negocio en sus inicios, de manera que quien emprenda una actividad industrial, comercial o ganadera debe, necesariamente, hacer por lo menos un análisis económico previo, antes de comenzar.
            No pretendemos con lo anteriormente dicho, que estamos descubriendo el agua tibia, pero sí dar fe de esta premisa ineludible si queremos ser exitosos.
            Esto nos coloca en una maraña de factores que hemos aceptado como indispensables para la producción; y permite además ubicarnos en el sector agrícola animal, con toda su gama de insumos como medicina animal, maquinaria agrícola y sus repuestos, implementos, mata malezas, insecticidas, herramientas, materiales de construcción, combustibles y aceites, animales y tierra, etc. Y, un recurso humano con poca o nula preparación. Todos los factores mencionados han sido utilizados por la mayoría de nosotros en forma casi desarmonizada con la naturaleza; y, en algunos casos, hasta contrarios a la economía del plantel; generando peligrosos sobrecostos, especialmente cuando no tomamos en cuenta la teoría que pesa sobre la economía de escala. Vale decir, no estamos industrializados. Por lo que la estructura agrícola no es capaz de generar suficientes productos y subproductos, que sirvan para la suplementación animal a bajos precios.
            Nos enseñaron a consumir; a resolver los problemas comprando concentrados, medicamentos que lo resuelvan todo; maquinaria y equipos de alta tecnología, genética de alta calidad para leche, carne, huevos, pollos, mata malezas, etc., y nos vendaron los ojos para que no reconociéramos nuestra propia capacidad y el gran potencial de nuestros suelos en un clima tropical donde existe una biota extraordinaria y compleja.
            En lo que se refiere a la explotación agrícola, es una historia de larga data, todo un proceso bien diseñado con propósitos mercantilistas, y que no han permitido que surjan otras ideas como la del “uso racional de las pasturas” del Dr. Andrè Marcel Voisin, cuya mención hacemos en honor a su búsqueda de la verdad en la relación hombre – tierra – animal. Revertir ese proceso consumista, necesitará tiempo y esfuerzo de muchos.
            El primer paso es la aceptación consciente, individual, que puede convertirse en colectiva, de la simbiosis extraordinaria que existe en un suelo vivo, donde proliferen todo tipo de microorganismos, plantas y herbívoros, incluyendo los salvajes.
            Refiriéndonos al tema de la genética para la producción de leche, o a cualquier otro rubro, tenemos a la disposición semen de toros con alto potencial para trasmitir sus genes obteniendo animales mejorados, pero que de hecho nos obliga a proporcionarles a estos individuos un ambiente propicio, especialmente en lo que se refiere a su alimentación, para que expresen su capacidad. Lo primero que hace un animal sub alimentado es no reproducirse. Al inicio de su vida reproductiva como productiva, pueden muy bien presentar números halagadores, pero que en corto tiempo cesan, obteniéndose de ellos sólo un becerro cada dos años; o en el mejor de los casos, dos cada tres años. Asimismo pueden producirse menos kilos de leche o de carne por animal. Comprometiendo de paso el esfuerzo dirigido hacia la eficiencia de la tierra (Kgs. de leche/carne/has.).
            Después de todo; o a manera de sumar en este artículo otras realidades agrotécnicas, veamos que, los bovinos adultos pueden producir hasta cerca de 24 kilos de heces y 18 litros de orina diariamente. Esta realidad nos dice que, el retorno de material orgánico y de nitrógeno que estos elementos aportan al suelo, sobre todo si concentramos una cantidad de animales en una superficie cuyo pasto tenga la cantidad de materia seca adecuada, y, por un período corto de ocupación, proporcionará en el tiempo pastos de alta calidad, debido a su constitución de suelo fértil y vivo.
Esto naturalmente se corresponde con un proceso que requiere de una racionalidad compatible con el manejo de los pastos; tomando en cuenta su fisiología de crecimiento y el de las reservas necesarias para ello, contenidas en el tallo y las raíces; para que en ese suelo se desarrollen los micro y macro organismos encargados de procesar el material orgánico a ser convertido en materia orgánica que pueda ser absorbida por las plantas. Esto sucede varias veces durante el año, permitiéndole a los pastos un rebrote después de cada corte o pastoreo. El Dr. Voisin describió como “planta pratense” a las hierbas que tienen esta capacidad.
            Otro factor a considerar en toda explotación, son las llamadas “malezas; hierbas dañinas que vegetan entre las plantas cultivadas. Es decir, plantas asociadas al cultivo, y que compiten por espacio, luz y nutrientes.” Fue entonces, a partir de haberse visto la necesidad de combatir esa aspereza, y la agricultura de insumos comenzó a dominar, cuando la neutralidad de interpretación fue rota y surgieron entonces los controles químicos, mecánicos, etc, sin ningún otro criterio que el de eliminar la competencia; pero sin advertir desde luego, la necesidad de cuidar los suelos y no contaminarlos, a sabiendas de que un control mecánico estratégico, por ejemplo, de estas plantas acompañantes, es un menester necesario, sin que por ello se tenga que eliminarlas totalmente. Éstas son muchas veces ingeridas por los animales para “aderezar” su menú y hasta utilizarlas como “medicina” para algunos males.
            Después de todo, pareciera que el objetivo es ganar dinero, no importa quién lo pague.

El hombre y el universo - Manuel Martínez Acuña

A p u n t e s

El hombre y el universo

Manuel Martínez Acuña

El origen de la vida en nuestro planeta, su edad cosmogónica. Preguntas y respuestas sobre las relaciones suprasensibles formuladas por el hombre a través de la fe y la razón, y, todo cuánto se ha planteado desde la más remota antigüedad, configuran el tema central del nuevo ensayo de Guillermo Ferrer, editado por Parra Editores C.A. (Paedica); folleto este todavía oloroso a páginas recién impresas. Y, que a mi juicio, es la profundización juzgada de su otro ensayo anterior titulado “Dios y hombre”, de históricas lejanías humosas y ecuaciones dogmáticas. Mas, en ese mundo secreto, oscuro e hipotético, donde el autor logra envolver tan hábilmente el devenir en hilachas de sudario, el ciclo de la vida continúa, se reanuda sin demora. Y, sin teologías dogmáticas, ni resurrecciones de Pascuas Floridas, hace que se entienda la psique, o si se quiere, la conciencia, como la máxima representante de la razón natural, entre la religión y la fe. Entre el Dios de Torquemada y el Dios de los filósofos.
Acaso por su urgencia de reconciliar la verdad con la expresión artística de la belleza (la cual cultiva celosamente), Guillermo Ferrer dice en la página número 18 –entre otras duras críticas - lo siguiente: “Si las religiones primitivas eran hijas del temor, la religión griega, o más exactamente, la mitología, nace del himeneo de la razón con la poesía, que sin duda es la esencia del milagro griego”. Y, agrega: “Grecia, a diferencia de las grandes civilizaciones mesopotámica y egipcia, descubre al hombre. El universo deviene en formas antropomórficas, dominio ilimitado de especulaciones para el arte plástico, lírico o dramático. ...Así el poder creador será personificado por Apolo, la inteligencia por Atenea, la inteligencia lírica por Dionisios, la sensibilidad por Afrodita, el instinto de la guerra por Ares, el genio del intercambio por Hermes.”
Tan estirado como una letanía, el ensayo sigue la vida de estas creaturas helénicas, con el interés de situarse mentalmente en el seno de una revolución; de hacerse un poco dueño del mundo, hacia algo que permita una sociedad nueva y capaz de pensar por sí misma, dilucidando la idea, el misterio de las más antiguas contradicciones que sobre la creación y la evolución pasan y vuelven a pasar sin percatarse del oscurantismo medieval que los precede; sin que se mire detrás de los cuadros o, debajo de las alfombras. No puede uno bañarse dos veces en el mismo río, como nos lo lega Heráclito, y como lo dice al respecto el propio autor, parafraseando al filósofo griego, y significando a su vez que, todo ha estado constantemente fluyendo, siempre cambiando. “Especie de fuego vivo que se abrillanta y se apaga.“
En este trabajo Ferrer habla de lo que entiende. Lejos de pretender ser un filósofo, echa a correr el día sobre la noche esperando lo peor, como en los tiempos de la Edad Media. Golpeado por los latidos internos de su consciencia, sin barreras de miedo ni silencios ambiguos, acaba por sacar postreros perfumes de las hojas caídas de la Inquisición. Por perseguir verdades estupefactas, citando textos bíblicos, recordando tal vez lecturas de adolescente. Para darle al mundo, con Galileo y Copérnico, “una visión real y verdadera acerca del puesto que la Tierra y el hombre ocupan en el Universo”. Y, pronunciando palabras jamás esperadas, inadmisibles, llenas de enojosas confesiones para los píos, se pone a la oscura espera de algo que devuelva al diapasón humano el tono del razonamiento, el juego dialéctico de la vida.
Además de este volumen que, bien vale la pena leer, Guillermo me entregó otro ensayo más publicado al mismo tiempo, con el título de “El canto de los alcaravanes”, cuyos comentarios posteriores haré en alguna otra entrega de estos apuntes, después de leer su texto. Y que dicho sea de paso, viene a sumar el título 60 o más de su obra científica y literaria, realizada.

jueves, 4 de agosto de 2011

Historia sin archivos - Manuel Martínez Acuña

Historia sin archivos

Manuel Martínez Acuña
                                        
Los brutales enfrentamientos que paso a paso registra la historia de la conquista de América, entre los invasores europeos y los naturales enraizados en el suelo aborigen, dejaron al otro extremo del vértigo y el descomedimiento, lo que pudiéramos llamar, en la diversidad del tiempo, la segunda América. Después, una savia de mar océano asciende entre el follaje y las flores, colores y olores del trópico ingenuo, y que luego abraza y anima a medio universo: la lengua española. Que ya no es mancilla. Que altivamente reivindica casi todo lo que de resentido pudiera haber quedado bajo la cruenta e inhumana aventura del drama.
Esta fuerza, y la que sigue de la historia de 1492 a 1992, fue fríamente revisada y conceptualizada por el periódico madrileño “El País”, y escrita bajo la dirección de John H. Elliott, con motivo de cumplirse los 500 años del “descubrimiento”. Tema que por supuesto está referido a la primera América destruida, y la que después empieza a surgir de entre sus escombros, y de una relación continua hispano-indio. Pero lo especial de todo lo constituye uno de los artículos aparecidos en la Revista del Centro Gallego de Maracaibo, correspondiente al mes de agosto de 1992, con el título: “Encuentro de dos Culturas Médicas en el Período Hispánico”. Un formidable ensayo escrito por el ya fallecido y amigo, Dr. Humberto Gutiérrez, expresidente del Centro Zuliano de Historia de la Medicina, quien pone en evidencia una cultura médica americana anterior a la conquista, basada en el conocimiento del aborigen americano, aplicado a las propiedades medicinales de las plantas autóctonas, muchas de ellas desconocidas por los médicos españoles que acompañaron a los conquistadores; como por ejemplo la quina, el canelo, el cacao, el tabaco y la coca, entre otras especies vegetales.
Dice el doctor Gutiérrez, al respecto: “El hombre de América, al igual que su congénere del viejo mundo, utilizó con fines curativos numerosos productos y tejidos animales, que asociaban a sus rituales simbólicos y supersticiosos; situación ésta que se mantiene en algunos grupos indígenas sobrevivientes.” Y, en otra parte, agrega: “En todas estas tribus, en mayor o menor grado de desarrollo o perfeccionamiento, los primeros médicos llegados a estas regiones encontraron conocimientos y prácticas de medicina que, eran casi un privilegio de los hechiceros nativos”.
Desde luego, así como el aceite apaga la cal y aviva el fuego, el proceso de transculturación también se dejó sentir -como es deducible-, entre los conquistadores y colonos europeos; por lo que “encontraron” y “llevaron” de la cultura ultramarina. Especialmente de la azteca, inca y maya, y no exclusivamente entre los amerindios, ni en forma tan desprendida como lo apunta Fray Diego de Landa en sus crónicas hacia 1576 (en su relación de las cosas de Yucatán, México), textualmente como sigue: “No han perdido sino ganado mucho (los indios) con la ida de la nación española, aun en lo que es menos, aunque es mucho, acrecentándoseles muchas cosas de las cuales han de venir, andando los tiempos, a gozar por fuerza, y ya comienzan a gozar y usar muchas de ellas. (...) Hay muchas y hermosas vacas, puercos muchos, carneros, ovejas cabras y de nuestros perros que merecen su servicio, y que con ellos se ha, en las Indias, hecho contarlos entre las cosas provechosas. (...) Gallinas y palomas, naranjas limas, cidras, parras, granadas, higos, guayabos y dátiles, plátanos, melones y las demás legumbres (...). El uso de la moneda y de otras muchas cosas de España, que aunque los indios habían pasado y podido pasar sin ellas, viven sin comparación con ellas como más hombres’’.
Sin que todo lo escrito por el religioso permita descifrar la verdad en lo que está en la entraña misma de las cosas, cuenta la historia que, ya en 1619, se hallaban en las praderas de Suramérica aproximadamente 48 millones de reses salvajes; es decir, tantas, como búfalos indígenas en las llanuras de Norteamérica; capaces de haber alterado desde entonces el ecosistema, desde Nueva Escocia hasta las sabanas de la Patagonia. Y, posiblemente, hasta llevar a la extinción a algunas y diversas especies autóctonas, que no pudieron sobrevivir a los cambios. Es decir, que habían evolucionado sin defensas contra las enfermedades desconocidas hasta entonces, incluyendo hasta el nativo aborigen, quien fuera víctima también de virus y gérmenes comunes de Europa y África, como el sarampión, la tuberculosis, la viruela y la gripe, extendidos inconscientemente por todo el continente silvestre.
De ahí que, la parte sin archivo de la historia hispanoamericana, sea el otro extremo en donde se ha desarrollado la mayoría de las interacciones inferidas del proceso, con todo lo que antes era potencialmente extraño.

jueves, 21 de julio de 2011

BAJO EL CIELO DE PERIJÁ - Manuel Martínez Acuña

A p u n t e s

BAJO EL CIELO DE PERIJÁ

                                                Manuel Martínez Acuña

      En ese pie de monte sur-occidental del Lago de Maracaibo, ocupado en los primeros tiempos por los Pemones, raza indómita de Caribes y génesis étnica de Motilones, Macoitas, Yuppas, etc., fue fundada la Villa de Perijá; a partir de cuando el hombre europeo llegó a estas tierras de gracia con sus instrumentos de poder y sus rígidas normativas evangelizadoras. De allí empieza la obra de asentamiento cultural con la cual se dieron las muchas y obvias situaciones planteadas para bien o para mal con los aborígenes precolombinos, tales como el aspecto religioso, el culto a los muertos, su comportamiento social, forma de gobierno, usos y costumbres, y, una lógica completamente distinta a la propuesta por el hombre venido de otras civilizaciones. Así, bajo este albur, se emprendió la primera plantación de café y cacao. La introducción de ganado, el uso y abuso de esclavos, la macolla de paja; y, por supuesto,  las primeras “Materas”; entre flechas, curare, alambradas, “churuatas” aborígenes, y, las casas de bahareque al estilo peninsular. Lo que más tarde hizo que, para 1775, la población llegara a contar ya con 480 habitantes y unas 130 viviendas; y se comenzara entonces, con la casi sola ayuda de un “machetico socalador”, a obtener la leche de las primeras vacas para fabricar el queso, que terminó en llamarse queso de “matera”.   
      Así pues, de este modo, y, entre fracasos y éxitos, eurocentrismo obligado, piaches y misioneros, y, sin un modelo anterior del “homo economicus” a quien emular siquiera, nació la empresa y el desarrollo agropecuario en Perijá. Así se hicieron los primeros pioneros de la producción alimentaria de entonces. Y, de esa misma suerte, aunque un poco más tarde, siguieron otros y otros más como Edecio Martínez, en “Calle Larga”, Jesús Romero, en la hacienda “La flor de Mayo”, o Román Romero en “Santa Rosa”, o Grismaldo Rincón, en “La Concordia. Y, conocemos también, entre otros más recientes, a José Sacramento Socorro, en el “Guamito”, a Nectarito González en “Los Caobos”, o, a Wilmedes Socorro, en “La Vela”; a quien precisamente queremos referirnos hoy de una manera muy especial, recordando lo que fuera en un mes de diciembre, la celebración de sus bodas de oro matrimoniales, con su dinámica e invicta esposa Lesbia Romero.
      Por lo que con tal motivo, o para ponernos en relación inmediata con el jalón espiritual de esta celebración, digamos ante todo que, la humildad en Wílmedes Socorro es muy palpable y manifiesta. Lo conocemos bien de cerca y con propiedad. Y, lo decimos, porque a la entrada del Salón “Bolívar” del Hotel del Lago, en donde se luminizaba a todo esplendor la fiesta de esas bodas de oro, hizo poner en exhibición un carro de antigua data, casi igual al que hubo de acompañarle en la época difícil, de cuando  era un apuesto chofer de Las Veritas. Con lo que en seguida pensamos que se trataba de una de sus excentricidades favoritas, que nunca olvida entre sus amigos. Humildad ésta que no aparenta abandonar, no obstante ser hoy uno de los ganaderos más prósperos de Perijá; con una relación Capital/Producto -sin incluir capital tierra-, de más alto promedio de rendimiento.
      Para todos sus amigos fue una noche de reencuentro inolvidable. De reminiscencias y suerte de cosas gratas. A pesar de que nunca pudimos entrar a conversar en voz baja, sin gritar, o sin la servilleta escrita, por la acción continua de “Los Melódicos” y de dos Orquestas más, que no paraban de tocar. Cada nuevo chiste pasaba por las manos de Hermán Márquez, o de Numa Romero de la Vega, o de Víctor Hugo Márquez, Asisclo, o de Luis Felipe Méndez, o las nuestras. Otros chistes daban la vuelta entre Olga y la esposa de Víctor Hugo. Lo cierto fue que allí estuvo representada casi toda la familia perijanera.  Y, por supuesto, el producto, o código genético, del Quincuagésimo aniversario de la boda supraconstitucional: Luis Elías, Carmencita, José Ramón, Carola y José Alberto. Vale decir, uno, por cada diez años.
      ¡Cincuenta años y hacia otro milenio!. Así es de constante y aguantadora en el trabajo, la gente de Perijá.

sábado, 9 de julio de 2011

COMO MADURA EL TRIGO - Manuel Martínez Acuña

Como madura el trigo

Manuel Martínez Acuña 
                
      Años largos y duros, fatigas y luchas, recuerdos felices y abrumadores, desalientos y éxitos, dominaron la vida de don Pedro Albornoz. Un hombre todo imaginación, de palabra elocuente, trato afable, discrecional, y, ojos de interminables preguntas. Un hombre auténtico, hecho a la medida de las ideas que hacen posible desencuadernar la frivolidad y, dar a la vida su valor sagrado y profundo. Estuvo de niño en la cubierta de una piragua, como parte de la tripulación. De joven, en la dura soledad del campo, como un actor que se adelanta en la escena para dramatizar la llegada de la primavera, y, anunciar luego la humedad del surco, donde late el brote de la dorada espiga. Y, después de tanto sudor, arado y clima, madurar como el trigo.
       Por eso la palabra fiesta tuvo un significado muy especial, cuando celebramos sus primeras noventa mocedades. Tiempo de sol y trópico, mar y Andes; cabos de hilos multicolores como los que acendra el arco iris. Fue una fiesta de iniciación y de retorno; una manera admirable de decir al fundador de catorce nuevas familias: anda y atrapa esa estrella, la de tus propios versos, la de tus sueños; hacia esa porción incandescente de la existencia que va revelando el diálogo oculto entre el hombre y la tierra; entre la contemplación y el escepticismo. Hasta el resquicio por donde se coteja cada época humana con el momento que más apunta a lo espiritual, a la amistad decantada, al lado entrañable de la familia.          
       En este hombre de campo, rebenque y liquilique; filósofo nato, navegante, poeta y ganadero, se juntaron la naturaleza de un paisaje, una hora matinal, y lo esencial de la vida; cual es la de poder amar con voces y emociones humanas. Balance espiritual de una existencia, desde donde la paternidad responsable se hizo una devoción, un apostolado, una canción de cuna, frente a una sociedad en crisis. Lo que finalmente configuró la unidad de una gran familia de profesionales de la medicina, de las ciencias militares, económicas; de la biología marina, etc.
      Una de las principales y conocidas virtudes de este amigo, fue, la de querer dejar siempre un sitio dispuesto en la memoria, para aguardar el regreso del camarada ausente; de aquel afecto que un día se alejó sin inminencia ni adiós, en medio de las contradicciones y turbulencias del mundo. Por eso, cuando conversamos con él y alcanzamos su mensaje, nos dejó la impresión de que su incertidumbre metafísica (a menudo manifiesta), bien pudo estar más aliviada, si hubiese dedicado más tiempo a escribir versos en vez de prosa. Porque los problemas humanos no parecen tener solución en la coherencia ni en la razón, sino en la catarsis paradojal o, en la mitopoética. Donde todo se vuelve alma, como lo apunta Sábato, en “Antes del fin”.
      Así vemos pues, ese porqué resumido; ese aproximado balance espiritual de una existencia, mediante la cual don Pedro, -aspirando a poner en paz a los hombres-, no deja de insistir aún, en que el modelo de vida más cercano a la felicidad, es aquel en donde uno llega a fijar -en medio de las ambiciones humanas-, la cabal convicción personal de haber llegado a tener más que lo merecido. Acaso porque, al final, la vida se nos puede presentar vencida y superada por el envanecimiento y la soberbia.
      Más que un personaje, don Pedro es una especie de símbolo y pretexto para recordar que, si es cierto que en el universo todo tiende hacia lo mejor, nuestro mundo no tiene por qué ser diferente. Tal vez sea el hombre quien varíe de postura.

domingo, 3 de julio de 2011

De la parada al coleo - Manuel Martínez Acuña

A p u n t e s

De la parada al coleo

Manuel Martínez Acuña

      Indómito, libre y aventurado, el llanero ha sido perpetuamente promesa para Venezuela, mezcla de caribes y arauacos amazónicos  y, otomacos del Orinoco. Al mismo tiempo que un portento nativista de rotundidad polifónica y trovas yaraví. Patriota y guerrero. El que no ha sido ajeno al ejemplo y reminiscencias de la gesta emancipadora. Y, de ordinario, dotado de toda clase de cualidades para enfatizar y para imaginar la solemne hondura de la patria, largamente probada por el infortunio e innumerables vicisitudes. Por tanto, nuestra tarea no es precisamente encontrarnos ahora con el hombre mítico de las llanuras, ni el tipo que lo cultiva, sino más bien dar con una de las características que más probablemente lo identifican, cual es el “coleo” de toros cimarrones, hoy convertido en deporte “rocinal” o juego de vaquerías, de mucho colorido y fuertes emociones.
      Como es sabido, y, a falta de información documentada al momento, este deporte de fiestas, ferias y rodeos, y de gran popularidad en Venezuela, si bien explica los imponderables que influyeron en su origen o partida de nacimiento, aún no se ha podido determinar el imprevisto de quién trajo al centro y resto del país esta costumbre. Tanto es así que, habiendo podido ocurrir esta practica en tiempos y demás redivivos de la colonia, algunas versiones señalan que existe por adelantado la creencia de que haya sido el propio general José Antonio Páez, bien porque éste se manejaba como el mejor y el más atrevido de los faeneros del alto llano, o bien porque en realidad se conocen al efecto unas notas epistolares cruzadas entre él y Bolívar, que tienen que ver directamente con estos desempeños.
    Las razones expuestas en cada caso de estas notas, son elocuentes, en cuanto a lo que propiamente concierne al tema central aquí abordado. Pero inevitablemente, pretextos políticos también; por aquello del número de apariencias de que están compuestas, sin dejar de tomar en cuenta, por supuesto, el instante crítico en que se dieron o fecharon. De consiguiente, parecieran haber sido ensambladas a martillazos por el tira y afloja de la lucha por el poder político de entonces, si se quiere más de un lado que del otro; además de poderse apreciar en dichas notas la marcada diferencia y calidad entre una y otra escritura. Y, que al efecto, y debido a su trascendencia, nos permitimos trasladar a continuación:
    (1) “Por cartas de Caracas y Puerto Cabello he tenido el sentimiento de saber que Ud. ha sufrido un fuerte golpe que le redujo a la cama, pero que, al fin, le ha permitido seguir a Cumaná. ¡Por Dios! querido general, cuídese Ud., cuídese, la salud de Ud. interesa a sus amigos, a Venezuela y a mí.” (Bolívar a Páez, 28/12/1827).
      (2) “Yo ya estoy perfectamente restablecido de mi golpe y de mis pasados achaques, y su honrosa insinuación me ha hecho hacer un juramento de no volver a empeñarme en juegos de esta naturaleza.” (Páez a Bolívar, 06/02/1828.
      (3) “En mi anterior dije a U. que estaba perfectamente bueno del golpe y que un consejo de U. será un precepto inviolable para mí; ahora tengo el gusto de repetírselo, y le suplico crea que no volveré a jugar con toros.” (Páez a Bolívar, 20/12/1828.
      (4) “El General Páez no volverá a colear toros; todos sus amigos le han pedido este favor, y él lo ha ofrecido; su caída no ha dejado de producir malas consecuencias.” (Miguel Peña a Bolívar, 14/02/1828.
        En cuanto al hecho mismo de que fuese Páez el primero en introducir esta tradición en el centro o en otros puntos del país, es cosa que no se ha dado por aclarar. A lo que sí se ha  llegado por evidente es, aducir que el llanero, por su naturaleza étnica y perpetua lucha contra los elementos, si sabe lo que puede una creciente, y las vueltas que da un tronco llevado por la corriente; como lo apunta en “El guariqueño sí sabe”, mi compadre Eduardo Hernández Guevara. Por su parte V. M. Ovalles, en su estudio sobre la vida, costumbres y carácter del llanero, dice: ”Hecha la “parada”, se apartaban los becerros para la hierra, o sea para ponerles marca; se recogían las vacas paridas, se castraban los toros, y se ponía aparte el ganado que se destinaba a ser vendido. Si la res, o caballo “apartado” trataba de escaparse, el llanero lo perseguía, lo enlazaba, y si no tenía soga lo “coleaba”, para reducirlo a la obediencia.” Pues la acción del llanero no cabe en un viraje de sol.
      Visto así a la brevedad el tema planteado, sólo nos corresponde agregar que, lo importante no es llegar a saber quién tiene el crédito o, acaso, el rótulo del que más cuenta con la paternidad del “coleo” en Venezuela. Su singular importancia y contingente valor histórico estarían en que, no hay ningún primer cultivador fuera de la necesidad redonda y anónima del hombre llanero, sin el grito del indio defendiendo su tierra. Y así como Homero y Virgilio cantaron al caballo de Aquiles y al de Etón, no es malo evocar hoy la historia tras la cual se ha hecho la ruda fatiga que va de la “parada” al “coleo”, de ese noble e inseparable animal, tan amigo del bravo lancero del Alto Llano.