miércoles, 25 de enero de 2012

EL MUNDO DE HOY

Apuntes
Gerencia                                                                            Manuel Martínez Acuña
        El mundo de hoy, como se ve, está partiendo de impensados nuevos valores, de nuevas relaciones geopolíticas, y, de nuevos estilos de vida. Surgiendo de informaciones y tecnologías tan sofisticadas, que pareciera representar una forma paradójica de futuro. De poner en marcha una nueva y dramática civilización, exigida de clasificaciones, conceptos e ideas, completamente diferentes a lo conocido.
    Si esta apreciación es correcta, no dejarían de haber poderosas razones para pensar que, si se dejan de hacer los cambios necesarios sin la misma o suficiente rapidez conque se produce el fenómeno, sería casi imposible dar una respuesta coherente y eficaz, al menos, sobre el planteamiento.         
       Esto no significa desde luego, que no se tenga  bien digerida una buena visión de la naturaleza del problema. Por el contrario, significa creer, ante tan sensibles evidencias, que no son simples perspectivas. 
    Ahora bien; debido a que este obsesivo énfasis de la maximización, es un tren en marcha al que hay que subir irremediablemente, la vida misma es ya una empresa.
    Este es el mundo a partir del cual la palabra “GERENCIA” será una suerte que quede echada entre el pasado industrial y el futuro de una nueva civilización. Por lo que los nuevos sistemas multicolores que llegan del desenfreno tecnológico,  plantearán un nuevo reto a todas las viejas clases de ejecutivos, aún existentes.
    Éstos, a decir de Alvin Toffler (tal vez para significar los otros grandes cambios que se esperan), “tendrán que teclear sus propios borradores, y, mancharse las yemas de los dedos, del mismo modo que se resisten a ir a buscar sus propias tazas de café,”   
     La consecuencia es que, si no se comprende esto, es caer por ejemplo en los mismos fracasos empresariales ya conocidos. Es poner límites al progreso de este o aquel negocio.
    Es lo pequeño dentro de lo grande. Y pensar que, hay una palabra, antigua y moderna, heroica y mágica, con nombre propio hasta agora, que puede ser penetrada por cualquiera referencia de futuro: GERENCIA.

miércoles, 18 de enero de 2012

FIRMEZA DE UN CARÁCTER

A p u n t e s
Firmeza de un carácter
 Manuel Martínez Acuña
      Por lo que toca a su contenido, la vida de Mariano Parra León fue la expresión continua de la sinceridad, frente a los problemas sociales, juzgados a la luz de su prodigioso talento y de un escrupuloso rigor filosófico. Y, decimos esto, porque parte de ese episodio existencial nos tocó vivir muy de cerca durante los años treinta y cuarenta (para mi fortuna), cuando él solo era el párroco de Los Puertos. Y, ahora, en la oportunidad de estarse cumpliendo el XXII aniversario de su desaparición física, ocurrida en Maracaibo el 26 de enero de 1989.
      Fue así como; o en razón de llevar su nombre una parroquia del Municipio Jesús Enrique Lossada, del Estado Zulia, me tocó la suerte de ser elegido para decir el discurso de orden en el acto conmemorativo de su VIII aniversario de entonces, el cual estuvo presidido por su eminencia el Obispo Auxiliar de Maracaibo, Monseñor William Delgado, oficiante de la Santa Misa que precedió a dicho acto.
      Tres razones -dije- me han movido a estar aquí, esta mañana, y, a compartir este momento con ustedes. La primera razón es obvia. Se trata, precisamente, de quien idealizó la formación espiritual e intelectual de toda una generación de jóvenes y adolescentes, que logró reunir a su entorno; de la que afortunadamente yo formaba parte. Y, quien para su época, más que sacerdote, fue un docente de convicciones fuertemente adheridas a su vocación sacerdotal, y particularmente comprometido con su gente y con su pueblo; además de su iglesia.
    Las otras dos razones restantes, corresponden a la gentil invitación del ingeniero Mario Urdaneta, Alcalde del Municipio Jesús Enrique Lossada, y a la bonhomía de su Cronista, el señor Nerio Ramírez Pernía, para que ocupara esta tribuna en la ocasión de hacer memoria sobre su vida y su obra.
      Lo conocí de párroco en Los Puertos, como queda dicho, cuando aún me faltaban medios para fijar relaciones de causa a efecto entre las severidades adscritas a la existencia. De lo que ella representa en términos de conciencia y voluntad, trascendencia y espíritu, alegría y tristeza, crecimiento y muerte. Así vimos en su misión de claridad, y, entre sus amigos y adversarios, la figura esbelta de Mariano Parra León, de palabra caldeada y de excitante rebeldía idealista.
         Concurrían los años treinta. La filosofía, civilización e intereses de aquel tiempo, debieron provocar grandes conflictos en el espíritu adelantado de aquel sacerdote de veintidós años, cuyo temperamento no se contentaba con los catecismos elaborados a distancia, o ajenos a la idiosincrasia de su pueblo. Lo bastante, para no conceder nada a la realidad limitante, sin buscarle salidas.
      Así comienza a desdoblar en la parroquia los prejuicios de la época que, tempranamente le conducen a provocar sanciones envilecidas por la hipocresía dogmática, de los que creen que sus méritos provienen de una gracia divina que mora en ellos; sin imaginar siquiera que el valor personal se adquiere con esfuerzo propio.
    A afrontar a un Gobernador y a un cabildero de turno, tocados por el "genio" del poder, que simulaban ver menoscabada la "santidad" de la Casa Cural --que Mariano había cedido a manos llenas para que allí funcionara el Centro de Juventud Católica de Altagracia--, en un despliegue de mesas de juego para ajedrez, dama, dominó, ping pong, etc. Temerosos (los funcionarios), no del escándalo y del mal ejemplo murmurados con voces mal intencionadas, sino debido a que les contrariaba la educación que aquellos muchachos estaban recibiendo -aparte del entretenimiento-, ávidos de conocimientos.
    Aquel Centro enseñaba hábitos de lectura, técnica de la oratoria, fundamentos de gramática, escritura, etcétera. A cuyo efecto muda de su casa solariega, donde vivía, parte de su valiosa biblioteca, para acercarla a la potencia cognoscitiva del grupo juvenil, sorprendiendo a la misma noche con su tránsito de luces a cuestas.
         Con la elocuencia que le caracterizaba, anuncia novedades de singular persuasión, y conduce a sus discípulos a formarse ideales propios; en un esfuerzo del talento que, mejor sirva y enseñe al hombre a dominar las fuerzas intelectuales, las emociones desprovistas de contenido práctico, y las indecisiones, en pro de una actividad tonificante.
           Cruzar espacios nuevos fue siempre su originalidad. Pues, de aquella oscura Casa Cural, en donde llegó a funcionar entonces un dinámico círculo de estudios, y que de hecho era un taller de oratoria y redacción, salieron los impulsos necesarios que nos motivara a todos. La fuerza plástica, por ejemplo, de pintores como el gran Gabriel Bracho. Juristas como Eucario Romero Gutiérrez. Historiadores como Adolfo Romero Luengo. Educadores como Rafael Vega Paz. Médicos como Hugo Parra León y Manuel Isauro Rincón Martínez. Y otros tantos poetas, escritores, ensayistas y buenos ciudadanos, de lo que yo he dado en llamar una época de oro. Y es por eso, que, ninguno de esos muchachos, ha resultado ser en el tiempo, un cascarón vacío.
    Escritor y periodista, toca los términos de las circunstancias con decoro y brillantez, para que la historia juzgue o distinga el virtuoso del simulador; el arquetipo del caradura; el talento de la mediocridad.
        Como legislador, su palabra resuena y crece como un feliz accidente, a su paso por la Asamblea Legislativa del Estado Zulia; lo cual legitima -como muy pocas veces- una función del pueblo, y la pone por encima, ajena y superior, a la intención habitual de los políticos, que casi siempre dan un triste espectáculo en los arrebatos por el poder, y en los otros despropósitos de la cosmopolítica.
          Como orador, no conoce la temperancia del miedo; sofoca el clima de vulgaridad de los gobernantes, la falta de cultura que exhiben, y dice a los jóvenes que piensen en grande, que atesoren por culto un ideal; porque son la única primavera que no vuelve. Que difieran de la rutina, del éxito al contado, como lo apunta José Ingenieros en "El Hombre Mediocre". Porque las excelencias del triunfo son equivalentes siempre al esfuerzo que se les consagre.
          Así pudo pasar debajo de la torre de su Iglesia, sin temor de ser aplastado. Así lanzó a un grupo de muchachos a la circulación del mundo, por encima del nivel de lo inútil. Muchachos que abrían podido quedarse en un barranco cualquiera del camino, perdidos y sin rumbo fijo; ajenos a todo impulso vivo.
            Así se dio la firmeza de un carácter. La vida y obra de un hijo ilustre del Zulia, como lo fue la de Monseñor Mariano José Parra León, obispo de Cumaná.

lunes, 16 de enero de 2012

BAILADORES DE MÉRIDA

BAILADORES DE MÉRIDA
Manuel Martínez Acuña       
    Ante la naturaleza erizada de las cumbres y montañas merideñas, y, los portentos de la tierra generosa de Bailadores, pareciera revivirse -a la mirada acuciosa del visitante-, la presencia, el eco claro y trémulo del aborigen precolombino, que, danzando con sus clamores enfáticos de gran guerrero, hacía pensar al conquistador europeo que, jamás este nativo se postraría de rodillas frente a la exhibición avasalladora de la espada y el caballo. O que nunca lograría desbaratar o suavizar su gran arrojo, tras la fatiga o pavura del látigo y el crucifijo. Además de tantos otros elementos dados a la contemplación, que levanta el Ángel de esos bosques, como soplos de vida, como fragancia y música de sus fuentes, o, como tapices de verde madreselva.
    Hasta allá llegamos -encantados todos los del grupo familiar-, con aquellas alturas de imágenes fastuosas, de frescura sedante, de formas y colores, donde una fuerza interior llama al recogimiento y a una mejor interpretación del mundo y la vida. Donde se invita a buscar en la naturaleza, en la paz de la aldea, en las maravillas del campo, la senda por donde apartarse (siquiera un momento) de la guerra política, del tráfago, tribulación y violencia de la ciudad; en pos de la cual se asoma la malicia supina, el culto por la maldad, etc., con sus exorbitancias y endebleces.
    Bailadores es la capital del Municipio Rivas Dávila, con aproximadamente 5517 habitantes, y está situado a 1745 metros sobre el nivel del mar. Fue fundado el 14 de sept. de 1601, por el capitán Luis Martín Martín. Sus 7 aldeas y una parroquia, superan los 23.000 habitantes. Con una superficie de 183 kmts.2. En tiempos de la colonia, los españoles le dieron el nombre de Bailadores, debido a que los indígenas del lugar guerreaban con saltos rítmicos de un lado a otro. También se le conoce como “Aldea La Villa”, y cuenta con lugares tales como La Capellanía, su Parque Recreacional, “La Cascada India Carú”, el “Rincón de los Álvares”, como mirador turístico, La Lagunita, con su escuela teatral – agrícola “Anacarinarote”: o, entre otras atracciones y personajes, la casa de habitación del maestro Carlos Cruz Diez, quien ha dado a Bailadores una obra espiral cromática, ante su naturaleza deificada, y, como agradecimiento a la paz y tranquilidad que encuentra en la hondura de sus valles, y penachos de sus montañas.
    Su principal vía terrestre es la carretera trasandina. Siguiendo su curso, el viajero podrá disfrutar de espléndidos paisajes, pasar por cultivos multicolores, casas coloniales y sauces llorones, que pacientemente observan la faena diaria del labriego. Al margen derecho, Las Tapias, pueblo situado entre la pródiga esplendidez de un valle, con 686 habitantes aproximadamente, vigilado por la Cruz de la Misión y sus aguas termales. Y, en esa antesala de ensueños, es donde la quebrada Caricuena termina -con lento son de artesano-, humedeciendo la tierra de los agricultores.
    Le siguen Las Playitas con sus tierras fértiles, productoras de ajos, papas y zanahorias. Y, entre otros rubros, la ganadería de altura con su extraordinario rendimiento por unidad de producción. El pueblo de La Otra Banda, al margen izquierdo del río Zarzales, engalana gran parte del mercado nacional y el de exportación, con su manto extendido de fragantes rosas. También es enclave del chalet del cinetista Jesús Soto. Además de Bodoque, San Pablo y La Playa; cada cual con su miel de abejas, con el sabor de las moras parameras, y, el que menos, con el remilgo y la exquisitez del ponche crema de huevos de codorniz. Y, no se diga como corolario, la calidad humana de su gente.
    Bailadores de Mérida cumplió 410 años de su fundación, el 14 de septiembre de 2011.

miércoles, 11 de enero de 2012

MEMORIAS DE UN PUEBLO ILUSTRE   
Manuel Martínez Acuña
      Según un viejo dicho hispánico, sólo puede repasarse lo ya realizado, sabido, estudiado, o, escrito. Pero, ¿cómo poder identificar esas cosas sin fisonomía, que resultan de la particular expresión de los pueblos; o, cuando ciertos indicios se confunden con la impostura o la falsedad?
    Es la paradoja que ahora pretendemos desglosar aquí,  para acomodar a la situación actual, lo que hacia los años 30 todavía eran piezas del diario acontecer en Los Puertos, que entonces no pasaban de ser heroísmos románticos, inocentes idilios, aventuras ingenuas, o  elegías fugitivas. Hoy transformados en un novedoso estilo de vida surrealista, mucho más allá de lo que una vez fuera su otro mundo espiritual.
      Era en ese tiempo, un pueblo confiado y apacible,  donde los de mejor posición social, o los más leídos, se inspiraban sobremanera en el pensamiento filosófico de los griegos y en los valores y fundamentos de la doctrina cristiana impartidos por la iglesia católica romana.
    Prueba de ello es la curiosa circunstancia de que, los nombres de los hijos que llevaban los padres a las pilas bautismales, o a las prefecturas civiles, eran generalmente los dados a reponer apelativos griegos; tales como Atenógenes, Carpóforo, Cástulo, Euclides, Sócrates, Anaxágoras, Aspasia, Anastasia, Toribio, Diógenes, Eurípides, Ermágoras, Aquiles, Eufrosina, Eglantina, Osiris, Enoe, Erasmo, Hermágoras, Arquímedes, Hermógenes, Eugenia, Edecio,  Hipómenes, Arístides, Herminio, Hermilo, Isaura, entre muchos otros casos más.
    Particularidad ésta posiblemente vinculada al hecho, de que fuera el puerto de Maracaibo para la época, la principal entrada y salida de mercancías de trato o venta intercambiables (como café, cueros, cacao, libros, periódicos, revistas, enseres de imprenta, alumbrado, etc.), hacia y desde Europa; y, desde luego, constituida en factor de importante valía dentro del vasto campo de la cultura.
    Por lo que acompañado de otros atributos, a Los Puertos se le ha mirado, con mucha justicia, como Villa procera y levítica; por el elevado rango de sus personajes históricos, y, por ser cuna de ilustres sacerdotes, connotados maestros, célebres poetas, músicos brillantes, y, de artistas plásticos famosos, como el gran muralista, Gabriel Bracho.
    También se llegó a llamarse en sus primeros tiempos,  “EL PASO”, por ser la travesía obligada entre la cordillera de la costa y lo que después sería la ciudad de Maracaibo. Tanto que -según algunos historiadores-, fue por ese lado donde hizo su entrada el controvertido y cruel fundador de la metrópoli marabina, el Adelantado alemán Ambrosio Alfinger, un muy cuestionado 8 de septiembre de 1529.
    Bolívar, para iniciar entonces su recorrido por las áridas tierras de Falcón (Mene de Mauroa, Capatárida, Dabajuro, Borojó, Coro, La Vela, etc.), tuvo antes que pernoctar en Los Puertos de Altagracia, en 1826. Y, desde allí, con bestias y carretas, continuar hasta llegar a la localidad conocida como Casigua, donde fue recibido por el comandante militar del cantón de Casicure, capitán Pedro Rodríguez. Viaje que tuvo mucha relación con aquel movimiento subversivo de La Cosiata, que terminaría con la disolución de la Gran Colombia.
    Se dice que Bolívar en Mitare, volvió a hacer gala de sus galanterías y amor por la música, al proponerle a la dulce joven María Encarnación Sánchez, bailar con ella; a cuyo efecto le pidió al director de unos músicos que amenizaban el recibimiento (un muchacho de nombre José de las Nieves Lugo, de apenas unos dieciséis años de edad), que ejecutara por favor una pieza más movida y alegre, posiblemente una danza o contradanza, de las que tanto gustaba.
    Fiesta dada en su honor, en una casa ubicada al norte de la plaza de Bolívar de ese lugar, perteneciente en esa ocasión a doña Catalina Miquilena.
Igual se ha dicho; o muchos se han preguntado con cierta perplejidad, cómo es que la Villa de Altagracia, con toda su prestancia, no ha podido retener en su seno a sus mejores representantes, durante casi toda su existencia.
Entre los ejemplos más resaltantes tomados a partir del borrador que día a día hemos logrado conocer a través del tiempo y la investigación, podemos mencionar el caso migrante de José Antonio Chaves, destacado jurista, autor de la música del himno del Estado Zulia, fundador de la Banda Filarmónica de Altagracia; y, entre otras actividades docentes, rector de la Universidad del Zulia (1896-1897).
O el caso de José Escolástico Andrade, para sólo nombrar a dos; quien fuera Jefe militar al servicio de la lucha por la independencia de Venezuela, junto a Bolívar. Nacido en Los Puertos el 18 de enero de 1782, y fallecido en Maracaibo el 22 de agosto de 1876.
Y, no se diga de otros tantos, que igual se vieron obligados por las circunstancias, a dejar -aunque con historias diferentes-, a su patria chica, como ocurrió con el pintor Gabriel Bracho, nacido en Los Puertos el 25 de mayo de 1915, y sepultado en Caracas el 6 de marzo de1995. Cuya obra está llena de gran realismo, y enfatizada por pinceladas vigorosas y fuertes contrastes entre formas y colores.
Y, Mariano José Parra León, eximio Obispo de Cumaná; nacido en Los Puertos el 13 de agosto de 1911, y, fallecido en Maracaibo el 26 de enero de 1989, a consecuencia de un accidente de tránsito.
Y, para sumar solo uno más, citemos también al historiador y crítico de arte, Adolfo Romero Luengo, nacido en Los Puertos el día 9 de abril de 1916. Fue uno de los fundadores del Centro de Juventud Católica de Altagracia, editor de la Revista Avance, y, director del diario La Columna de Maracaibo; cuya muerte ocurrió en Caracas el día 22 de noviembre  de 1996.
Bajo este cortinaje de hechos históricos y cualidades épicas, Los Puertos viene de ser un pueblo de pensadores y poetas; con un universo de reminiscencias remotas y lejanas, de puertas de agua, aljibes, aguamaniles, aguaduchos y fachadas coloniales. Todo condensado en sus tres únicas calles de entonces: la calle de la playa, la del medio y la del monte. Y, su Iglesia Nuestra Señora de Altagracia.  
Esto por supuesto da lugar -aunque en términos más pragmáticos-, a no sólo creer que la importancia suma de Los Puertos y su gente, está cifrada en el plano intelectual y artístico únicamente, sino también en la contingencia que señala su rol épico.
Con elevada conciencia de esto, podemos hablar de hechos que hacen honor a sus valores históricos, en aras por ejemplo de aquella portentosa batalla naval librada en el Lago de Maracaibo, el 24 de julio de 1823. Acción decisiva ésta, que selló la independencia de Venezuela.
Asimismo podemos hablar de cómo la telegrafía regional tuvo allá tan relevante importancia, debido a que todos los mensajes dirigidos al resto del país desde Maracaibo, tenían que ser repetidos en la oficina de Los Puertos, a causa de lo insuficiente que resultaba el cable sub-lacustre, que unía las dos dependencias telegráficas de la época.
Por aquel tiempo en que nos tocó vivir allá, era jefe de la oficina de telégrafos, Héctor Leal Gutiérrez, nativo de ese suelo, amante de la poesía y de la música. Y, entre otros operadores, figuraba su sobrino Humberto Leal Paz. La oficina contaba con 6 telegrafistas, 2 guarda líneas y un repartidor de telegramas.
Queda pues -bajo muy diversas formas-, acudir a la memoria de lo que realmente ha sido la obra filológica de ese pueblo ilustre de Altagracia, de auténtica tradición cosmopolita.

jueves, 24 de noviembre de 2011

ARTE, O BARBARIE MANUEL MARTÍNEZ ACUÑA


ARTE, O BARBARIE
    MANUEL MARTÍNEZ ACUÑA

En efecto; y como forma de insistir un poco más sobre el tema de las corridas de toros, y, de su línea de conceptos confrontados, me voy a permitir ahora tomar un diálogo entre dos personajes de mi novela “BAÚLES DE MONASTERIO”, Huamán y el camionero Itxaso, Pág. 220, buscando con ello ampliar los criterios que pugnan en torno a un acontecimiento que ha despertado inquietudes integradoras de los valores humanos, desatado polémicas religiosas e, intentado prohibiciones de todo tipo, como un drama que demanda razones entre las fuerzas del bien y del mal.
Veamos entonces lo que dicen estos dos personajes, Huamán y el camionero filósofo, Itxaso, sobre las corridas de toros y las peleas de gallos, marcando en pocas palabras la diferencia que existe entre el método de infligir dolor a través de la oblicuidad promocional, y la forma estética que toma el arte, para darle tonalidad noble a los sentimientos del hombre:

 Huamán le miró en aquel momento con una fresca sonrisa en los labios, y actuó como si sólo se tratara de elegir entre los gallos y la soya, o, como el político que busca la manera de salir del paso sin poner a prueba sus propias convicciones, ni tampoco la sensibilidad de su interlocutor.
Ahora estoy completamente convencido (dijo), que lo que yo quiero es trabajar un akatahu (pedacito de tierra) y, buscar la manera de estudiar una carrera. La pelea de gallos no me interesa; porque veo que hay una buena parte de crueldad en ese juego.
Y, si es cierto que esa lucha se da entre animales de la misma especie; y, que hay también normas que regulan las peleas mediante el pesaje de los ejemplares y la medición de las espuelas, buscando el equilibrio del combate, también es cierto que es un deporte identificado con el dinero fácil. Por lo que le ruego me perdone por no estar de acuerdo con ese juego, al que usted le ata cabos de hilos multicolores.
Está bien (le replicó Itxaso), casi disuadido ya de su empeño particular de asociarlo a esos intereses.
Pero, ¿qué me dices entonces de las corridas de toros, donde el homo
sapiens se crece ante la víctima irracional, precedido de ese rimbombante etiquetado de fiesta brava, o de arte taurino; cuando en realidad no son otra cosa que la oblicuidad de la tortura, el método de infligir dolor, clavar banderillas, hincar lanzas a mampuesto a un animal que no enviste realmente al torero, sino al color alucinado y alucinante de una muleta?
En otras palabras, las corridas de toros son una monstruosa dispensa;
el sádico privilegio de sacar a un animal fuera de sus límites naturales, para ser muerto de mil maneras inteligentes y estudiadas, antes de la estocada fatal. Y, todo con el beneplácito de la afición o de una parte de la sociedad, que, no pudiendo imaginarse así misma sino victoriosa y triunfante siempre, se olvida del bienestar común.
¡Bien dicho! Eso era lo que yo esperaba escuchar alguna vez, acerca de ese crimen institucionalizado de las corridas de toros; sobre todo con la convicción conque usted lo ha hecho. Lo felicito. (Replicó Huamán evidentemente aliviado).
Yo no he ido a ninguna de esas fiestas (prosiguió); pero tampoco ignoro la tortura que allí se inflige sólo por dinero y diversión.
Todos los animales deberían ser tratados de manera digna, por simple deducción.
Al igual que a la flora amazónica que, dicho sea de paso -si la dejamos ir como va-, no sólo nos quedaremos solos con nuestra propia especie (sin la maravillosa compañía de la fauna y la vegetación silvestres), sino que el mundo mismo se vería en problemas de habitabilidad.
Pues, escasearía el agua, los alimentos, la lluvia; hasta la constante vital del oxígeno. Y, se extendería el desierto, el hambre, el efecto invernadero; entre otras calamidades que darían al traste con la vida misma del el planeta.

                                    Apuntes21@gmail.com         

sábado, 22 de octubre de 2011

EUFEMISMOS DEL SILENCIO - Manuel Martínez Acuña

EUFEMISMOS DEL SILENCIO

Manuel Martínez Acuña 
                                
         Según Aristóteles, las cosas se diferencian en lo que se parecen. Algo por lo que muchos llegamos a pelearnos de la manera más torpe y, hasta deshonesta. Vale decir, por lo mismo que en ocasiones defendemos. De ahí que el origen de la filosofía –a juzgar por Epicteto-, esté en percatarse de la debilidad e impotencia del hombre. Reflexiones estas dentro de las cuales puede inferirse que, la diferencia que de hecho existe entre la “locución” y el “silencio”, es la que sigue el mismo esquema del parecido, en cuanto a que ni una ni otro se contradicen. Razón por la que pretendemos sacar de tales contrastes y parecidos, algunas consideraciones prácticas, tomando al hombre como el aposento de la palabra y el remiso del silencio.
        Si todo esto es así, realmente, ¿por qué no escuchar entonces la voz del silencio”?. ¿Por qué no darse cuenta de su sabia elocuencia? ¿Por qué no oír su coro, definir su dimensión o, interpretar su orden hermenéutico; mientras las palabras hablan por su lado con las potencias de la retórica?.
Al contrario de como se revelan las carencias del hombre por sus palabras, el silencio posee la capacidad de decir más en lo que calla que en lo que declara. De ahí que, permanecer en silencio ante una situación de desaguisado verbal, o malsonante, acaso sirva como para invocar la tarea que todo ser social debe llevar a cabo, antes de que se llegue a individualizar una situación difícil, entre doctrinas y amigos.
Como también hay que decir, que, suavizar los alcances de un diálogo, no equivale a puntualizar que todo eufemismo sea puerto natural del fingimiento, si es que en tal caso sólo se trata de cuidar la línea del honor ajeno. Lo que contrariamente sería una fórmula dura y chocante, conque a veces la verdad ofende.
        Sin embargo, tal forma de ver las cosas -apelando a los complementos del discernimiento-, talvez pueda ayudar a comprender mejor el mundo que se transparenta detrás del hombre. Callar, no tiene porqué ser una muestra peyorativa. Ni tampoco una aprobación tácita. Y, si en ocasiones puede indistintamente revelar una u otra cosa, lo fundamental del silencio está en la filosofía de la tolerancia y, no en la incertidumbre.
        Una actitud de silencio no es un asomo de incapacidad, ni mucho menos una cobardía propia de débiles. Pone al contrario -igual que el eufemismo-, una particular energía en toda noble intención de distanciar la crudeza de no impedir que otros lleguen a poder afirmar su natural personalidad, en razón de sus lógicas; antes que lanzar de buenas a primeras la casi siempre convencional y temida verdad.
Cuando el silencio se vuelve vacío de todo sonido; lo suficientemente reposado como para poder oírse así mismo, una voz parece venir entonces de nuestro interior a decirnos: “porque me conozco ahora, puedo conocerte en este momento.”
        Hasta en la música, la pausa es el silencio creador; el tiempo de identidad del sujeto con la cosa. O, más precisamente, el soporte o el preludio en el camino hacia el tiempo del  allegro, del andante, del minué o, scherzo, en donde todo tiene que dejar de ser impulso, para tornarse en una dorada sinfonía en movimiento. Por ejemplo, las cuatro estaciones de Vivaldi.
        Por decir lo menos, qué bueno sería abrir la senda; concertar la paciencia del silencio, para poder servirse hoy de la propia razón, en esta larga noche borrascosa de guerras, delirios, desatinos, injusticias e impunidades, que por desgracia turba la paz del mundo.

jueves, 13 de octubre de 2011

BAULES DE MONASTERIO - Comentario de Camilo Balza Donatti


MANUEL MARTINEZ ACUÑA

BAULES DE MONASTERIO

Desde el Zulia, y sobre un escenario de claridades y penumbras, Manuel Martínez Acuña teje una red de íconos vegetales,  una novela difícil de imaginar concebida desde ángulo tan lejano y opuesto al quehacer y al vivir zulianos.  Pero así son los espejos de la narratología y del poema.

Al intuir el personaje de una determinada narración, el escritor debe ubicarlo dentro de un escenario donde tendrá lugar la acción.  Este escenario puede ser breve, pues un testimonio narrativo puede nacer y  concluir en una celda, en un dormitorio.  De la brevedad, según la trama y las circunstancias, el discurso narrativo puede abarcar otros escenarios que de alguna manera deberán mantener relaciones con el primer entorno.

Martínez Acuña crea una montaña por cuyos baches baja un atardecer.  Esa montaña puede estar en algún lugar de la Guayana inmensa, pues, ya estaba hecha, y vinieron los personajes y las circunstancias a ocuparla. Por otra parte, existen, dentro de la dilatada dimensión geográfica de nuestro país, muchas ruinas de pueblos, templos y conventos, por donde pasó la misión pedagógica de los religiosos de otros días.  Es el primer esquema histórico de la narración.  Los religiosos fundaron muchos pueblos que aún existen, muchos de ellos convertidos en ciudades; fue una labor prolongada, lenta, pedagógica, que llevó la nueva religión a los infieles.

Baúles de Monasterio es el título de la novela de Martínez Acuña, primera incursión por los entornos de la narrativa.  Los escenarios son disímiles y convergentes a la vez.  La doctora Cyrila Palma y su sobrina  Cossette, ahora bajo los nombres de Ágata y Sibila, ven transcurrir su existencia durante veinte años en un monasterio abandonado, pero donde aún se conservan tejas, pisos, paredes, baúles con libros y lencería, baúles con mucho dinero, dejados allí a la intemperie.  Escenario pequeño y demasiado amplio para dos seres abandonados a su suerte, dentro de un espacio temporal demasiado  largo, veinte años de  monólogos, silencios y diálogos.  Casi todo el espacio narrativo de la novela abarca esta temporalidad.

Ahora, ¿cuánto tiempo había transcurrido desde la llegada de la protagonista a aquel sitio, hasta el capítulo tercero de la narración? Sibila era sobrina de Ágata, pero pasa a ser su hija por las circunstancias, y para que ese fenómeno acaezca, tuvo que quedar en sus manos siendo muy niña, y ya en el capítulo tercero es una adolescente. “Para entonces se operaba en Sibila esa transformación que colorea e incendia el mundo psicológico del adolescente…” (M.A. 2009, 28).  Hay un espacio temporal, por lo menos de diez  años, perdido entre las ruinas de la abadía  abandonada.


Podríamos decir que el tiempo y el esplendor humano hicieron un espejo de aquellas ruinas colocadas sobre la voz de un cerro donde se acunaban los atardeceres nostálgicos.  Es el primer escenario, que lógicamente está ubicado en un sitio impreciso del pedazo de Amazonia que tenemos en el territorio nacional.  Cerca está otro escenario, donde se había refugiado el periodista Basilio Nalón, editor del diario “El Reloj”,  por supuesto delito de vilipendio contra el Presidente de la República. Ese sitio fue  un castillo abandonado, llamado de los Canterville, unos kilómetros más allá del monasterio; y más allá del castillo, un pantano; después la ciudad. ¿Y el pueblo dónde Elías tenía su bodega? Dónde estaba.  Se  menciona una ciudad más allá del pantano.  Suponemos que el juicio de Basilio Nalón se llevó a cabo  en la capital, puesto que Conssette, en el tránsito de la defensa de éste, fue al Palacio Presidencial y habló con el Presidente   para prevenirlo  de lo que sobre él podría saberse.

El juicio concluye, y Basilio Nalón y Cossette, la verdadera abogada, contraen matrimonio. Durante  suceden todos estos acontecimientos, Huamán, el indio yanomami, amigo de Ágata, Sibila y Basilio, quien era el mensajero de la carta, se quedó a la deriva en el pueblo donde  Elías tenía su bodega.  Resuelve irse a Santa Elena de Uairén, polo opuesto de donde se encontraba, para dirigirse después a Manaos, más cercano al sitio donde se presume estaba el pueblo.  Después de sus aventuras gallísticas, amorosas y como cultivador y vendedor de soya, regresa al pueblo, donde se informa del secuestro de Cossette, la Sibila que él conoce y de quien estaba enamorado desde su incursión por las ruinas del monasterio. Hay escenarios reales e imaginarios, pero ubicados dentro de un continente donde juega su papel la integridad nacional.

Hay en la novela tres personajes redondos, de acuerdo con la clasificación de Edward  Morgan Forster:  Ágata, Sibila y Huamán.  Los demás son personajes planos muy significativos. Cossette Jubair (la abogada), Basilio Nalón, Ben Jubair, el Padre   Ollosa Humala,  Elías Ferrebús, Lyton  Paniagua.  Los demás son personajes transitorios, de una  aparición fugaz, necesarios en un momento dado y en circunstancias especiales.

Al final de la narración, Huamán regresa al pueblo y se entera del secuestro de Cossette.  El no debería saber que se llama así, pues la conoció por Sibila, y desde que salió del convento abandonado como mensajero de la carta para Basilio, no volvió a verla.    En charla con Lyton, en  su heredad, cerca de Santa Elena, éste le pregunta: “Y, de los cuentos sobre el descubrimiento de una princesa azul llamada Sibila?” (M.A. 2009, 248).

Al enterarse del secuestro inicia el pespunteo de la madeja. Busca a Elías Ferrebús, el bodeguero, cómplice del cura parroquial y del Cardenal Ollarves, y a través de su confesión logra descubrir la trama de los acontecimientos. Va al castillo, rescata a la muchacha para dirigirse con ella a las ruinas del viejo monasterio, para iniciar después la odisea del viaje hacia su tierra de origen, que supuestamente, estaba un poquito más allá.

El estado Amazonas, que en parte es el escenario de la novela, es un amplio escenario geográfico donde imperan la vegetación y el agua. Lo atraviesa el Orinoco, que desde La Neblina y el Cerro de la Bandera, se viene, delgado y sigiloso, repartiendo y recibiendo caudales para su largo viaje hasta el mar.  Hacia esas vertientes se enrumba el camino de los dos protagonistas amantes, hacia el origen, hacia el mito.  Huamán desaparece, pero, como en el caso de Marcos Vargas, es substituido por el hijo que Cossette lleva en su vientre. La supervivencia de la raza y del ser.

Consideramos complejos los significantes de esta novela. Primeramente la existencia de un territorio virgen, que es el refugio de algunas etnias para sobrevivir después del acoso de nuestros conquistadores.  Tienen allí más de quinientos años como residentes y protagonistas de una vida inútil.  Territorio, que por algunas demarcaciones sabemos que existe, pero no lo que sucede  en sus entornos.  Un tesoro, oculto durante tantos  años en un monasterio abandonado, es el símbolo de esa riqueza: agua, madera, piedra, fibra, toda una naturaleza desbordada que los venezolanos y sus gobernantes han visto con desprecio. La última expedición científica en tales territorios, y de la que tengamos información, fue a comienzos de la década de los años 50, para descubrir las fuentes del río Orinoco, encomendada al General Rísquez Iribarren.  Sus resultados fueron positivos, pero las aguas continuaron su curso hacia la nada y el gran territorio verde continuó impasible sus vigilias.

  Otro aspecto de la novela: El religioso.  Se denuncia la existencia y actuación deliberada de empresas extranjeras, específicamente norteamericanas, bajo el nombre de Nuevas Tribus, para la nueva evangelización del territorio, con otdro idioma, otros métodos de explotación y de transporte. Y a su lado, la Iglesia Católica, con sus apetencias económicas frente a los principios morales y violación de derechos de personas indefensas.  Sus poderes y componendas con los gobiernos de turno.

  Otro escenario: Los gobiernos que se turnan, supuestamente democráticos, pero penetrados hasta la médula por los actos ilícitos: peculado, robo, malversación, inmoralidades, que colmaron, durante la segunda  mitad del pasado siglo, la capacidad de resistencia moral de los venezolanos. Los gobiernos contra la libre expresión, juicios a los periodistas por supuestos delitos de vilipendio y al mismo tiempo la declinación de dichos juicios por ser ciertos los tales vilipendios.  La incapacidad de un poder judicial minimizado, penetrado por la turbulencia y sujeto a toques de escritorio.

  Mientras todo esto continúa sucediéndose, dos prófugos, un indígena y una niña blanca, auto-liberados de un secuestro, reparten su amor sobre las aguas, se hunden en la muerte de las aguas, y logran la supervivencia de un nuevo mestizaje, para la continuidad de una pobre historia: la de Venezuela.  Un dolor sepultado en los territorios verdes.


Camilo Balza Donatti